La violencia escolar es un tema ampliamente
trabajado por gran diversidad de especialistas de todas las áreas de las
ciencias sociales y humanas, es por ello que la pretensión del presente artículo sea mostrar, de manera general, el tratamiento que se le ha dado a este tema
desde diferentes autores para que se establezca una comprensión general que
permita reflexionar más a fondo sobre esta problemática social que afecta el
diario vivir de las escuelas.
Para comenzar es conveniente definir la violencia
escolar como una acción dañina que se ejerce sobre el más vulnerable, esta
acción puede ser de carácter físico o verbal. Es evidente que los estudiantes recurren
a estas formas tóxicas de relacionarse porque no aceptan las diferencias del
otro, lo cual debe tornarse preocupante para la escuela si la entendemos como
el ámbito donde los ciudadanos del mañana van a interiorizar una cultura de
sana convivencia.
Es, por tanto, un problema complejo el
de la violencia en las escuelas, porque lleva implícito toda una serie de
problemáticas sociales, culturales y políticas que son el reflejo de conflictos
mal conducidos. Por ello, se hace indispensable conocer diversos puntos de
vista que muestren un ángulo más amplio de este problema en las escuelas, bien
lo menciona Enrique Chaux: “Un
problema tan complejo como la violencia escolar requiere una mirada integral
que abarque las perspectivas de los distintos actores involucrados” (Chaux,
p.71).
En
su investigación, Chaux hace un sondeo sobre la violencia escolar y el
tratamiento que esta debería recibir desde diferentes perspectivas: la de los
estudiantes, la de los profesores y la de la comunidad educativa. En el
análisis a los primeros, muestra como en el bullying se presentan diferentes
roles en los estudiantes: las víctimas directas, los intimidadores líderes, los
asistentes del intimidador, los reforzadores, los defensores y los
indiferentes.
Lo
anterior demuestra que esta problemática implica a todos los integrantes del
grupo escolar, no es una simple relación dicotómica entre abusado y abusador,
es una práctica que se legitima grupalmente bien sea porque se fomente a través
de la participación en el abuso o a través de la indiferencia. “Varios estudiantes entrevistados muestran que la violencia escolar no solamente involucra
a unos pocos estudiantes agresivos, sino que implica una dinámica grupal” (p.
80). Por lo tanto, es de vital importancia conocer de manera más profunda las
dinámicas grupales para comprender la violencia que se presenta en el ámbito
educativo.
Consiguientemente Chaux analiza la perspectiva
de los profesores, en la que se hizo evidente que generalmente estos ligan los problemas escolares a factores
extrínsecos a la escuela, como la familia, el contexto, la cultura y el sistema
educativo, lo cual revela cierta pérdida de credibilidad por parte de los
mismos maestros hacia su labor, pues no ven una solución fructífera dentro del
ámbito educativo por las inmensas responsabilidades que se le encomiendan a la
escuela.
Aunque cabe mencionar que los problemas
de las condiciones estructurales de una sociedad representan un gran reto para
el maestro a la hora de afrontar múltiples tipos de problemas, entre estos el
de la violencia escolar que se torna difícil en su tratamiento. “Si aterrizamos
y nos centramos en el plano educativo, las confrontaciones que pudieran darse,
no sólo serían atribuibles a elementos internos de la propia estructura
educativa como el clima en las aulas, las interacciones entre el alumnado y las
relaciones entre los docentes, la desvirtuación de las funciones educativas,
etc., sino que los factores exógenos como argumenta Freire, juegan un papel
determinante en el desarrollo del conflicto” (Camacho, p. 168).
Por ello resulta de vital importancia
que los maestros se capaciten para mejorar su comprensión sobre los diversos
tipos de agresión y sus dinámicas, a fin de identificar cada una de las fuerzas
centrifugas que están motivando el acto de violencia, y así, tener mejores
herramientas para afrontar adecuadamente este problema en el aula de clases.
“Sin embargo, es poca la formación que reciben los profesores sobre cómo
responder constructivamente ante este tipo de situaciones” (Chaux, p. 82).
En este sentido es sumamente significativo que los docentes tengan las suficientes herramientas teóricas, pedagógicas, didácticas y empíricas para guiar estos procesos de violencia escolar hacía un término formativo y positivo. Un maestro capaz de afrontar circunstancias de
violencia definirá en gran medida el rumbo que estas situaciones tomarán. “Uno
de los ejes vertebradores de la calidad del sistema educativo, lo constituye el
profesorado” (Matamala &
Cardona, p. 2). Por lo tanto se hace innegable que el rol de los profesores en
la promoción de la convivencia es de sumo valor para superar la violencia en
las escuelas.
Por lo que se refiere a la comunidad
educativa en general hay que mencionar que el problema de la violencia requiere
de un trabajo integral que incluya a familia, escuela, maestros, estudiantes y
autoridades políticas para lograr solventarlo. Ya lo mencionan Ballester y
Arnaiz: “La violencia escolar no es un problema «técnico» que admita soluciones
simples, está sujeta a una construcción social, escolar y profesional. Abordar
su prevención y su resolución depende del trabajo colegiado del profesorado, su
formación, el apoyo social y de las autoridades políticas y educativas”
(Ballester & Arnaiz, p. 56). Pues es evidente que estos por separados no
pueden ejercer una transformación de raíz.
No se trata tampoco de que se establezca
un modo autoritario para que los estudiantes acepten la violencia escolar como
algo inadecuado, pues esto no resolvería un problema que requiere de reflexión
y trascendencia en la conciencia para coexistir con las diferencias del que se
considera diferente. “Por ello es importante tener en cuenta que “un control
extremado en el aula ocasiona un clima de tensión y desconfianza que no
favorece la interacción entre profesorado y alumnado” (Camacho, p. 170).
El ambiente tenso en el aula de clases
puede impedir que se desarrollen posibilidades a la adecuada solución de los
conflictos, por ello es indispensable que los procesos de solución integren a
los estudiantes de forma activa. Esto porque resulta evidente que “para que un
grupo funcione bien debe estar cohesionado, sus miembros deben sentirse parte
del mismo y orgullosos de pertenecer a él” (Caballero, p. 162). Por ello, los
maestros más que promotores del autoritarismo sancionatorio de los actos de
violencia escolar deben ser agentes difusores de valores prosociales.
En este aspecto resulta importante que
el rendimiento académico de los estudiantes no se quede solo en los contenidos
curriculares, sino que se tenga también como principal objetivo la formación de
seres humanos que comprendan la diferencia. “No podemos reducir la calidad de
la educación al logro de niveles de rendimiento académico, ya que estaríamos
dejando de lado el conjunto de aprendizajes relacionados con el desarrollo
personal, afectivo, social, estético y moral” (Matamala & Cardona, p. 2).
Por ello el maestro ha de ser quien a través de los contenidos de su área pueda
promover reflexiones que fomenten el compañerismo y la empatía entre los estudiantes.
Por esto resulta necesario que el
profesorado refuercen conjuntamente aquellos valores, actitudes y saberes que hacen que los estudiantes
actúen de forma positiva hacía el otro, al que es diferente, es decir, deben
los maestros conocer que es lo que produce violencia, pero también deben
conocer que es lo que produce buena convivencia. “Tenemos que reconocer que la
violencia preocupa más a los investigadores que los hechos pacíficos, y aunque
como nos señala el profesor Sánchez la violencia es llamativa y ponerla de
manifiesto resulta fácil, necesitamos progresar en el conocimiento de las
actuaciones que fomentan la cultura de paz, y ese conocimiento no se desprende
necesariamente de los trabajos que se ocupan de acotar las dinámicas
interpersonales violentas” (Camacho, p. 158).
Por otro lado, es evidente que el gran
peso de culpabilidad de la violencia escolar cae sobre los hombros del sistema
educativo, pues –como se mencionó anteriormente- existen factores extrínsecos
al aula que dificultan la solución de los conflictos y problemas escolares,
entre estos se halla el de la estructura educativa del estado que en ciertas
ocasiones no proporciona las herramientas necesarias al maestro para
desarrollar estrategias de solución. Es por esto que “el profesorado demanda
más recursos humanos para una atención de calidad en grupos reducidos o para
apoyos al alumnado con grandes desventajas socioculturales” (Caballero p.163).
Aunque cabe aclarar que el sistema
educativo no es el único responsable de esto, se trata más bien de un complejo
estructural que afecta cada uno de los ámbitos sociales, culturales, políticos
y económicos. Bien lo mencionan Matamala y Cardona: “Cuando ante problemas de
convivencia culpamos al sistema como tantas veces se oye, poco avanzamos en el
camino de la solución. El Sistema educativo puede y debe ser revisado, siempre
que sea necesario, pero recurrir constantemente a él para explicar la conflictividad
manifiesta una falta de precisión” (p. 4). Por tanto no hay que caer en esa
simple justificación para explicar un problema que tiene en sí todo un complejo
socio-estructural que lo determina.
En el caso Colombiano la cuestión de la
violencia escolar es un tanto “suave” si tenemos en cuenta la fuerte violencia
que ha afrontado nuestro país a lo largo de su historia. “Gran sorpresa se
llevará el lector; nuestros niños y niñas no son violentos en las escuelas si
se les compara con sus coetáneos de países llamados desarrollados, bien podría
afirmarlo metafóricamente: "en nuestro contexto convulsionado, las
escuelas son oasis de paz"” (Hoyos, p. 2). Esto porque se muestra evidente
que en algunos países desarrollados el problema del bullying se ha tornado ya
importante por su gravedad, la cual se ha visto reflejada en asesinatos al
interior de escuelas en países como Estados Unidos y Brasil.
A modo de conclusión hay que mencionar
la importancia que representa para el buen desarrollo de la educación la buena
formación de los maestros, estos han de adquirir herramientas que les permitan
afrontar las realidades en el aula, para esto es vital que los docentes adquieran una buena armadura teórica y que las reformas educativas tengan en cuenta las demandas del profesorado en cuanto al
problema de la violencia escolar. En este sentido, hay que mantener identificadas aquellas actitudes positivas que fomentan el desarrollo de actitudes empáticas en el entorno escolar para fortalecerlas, pues es común que los docentes se concentren solo en los aspectos negativos de esta problemática. En general, hay mucho por realizar para seguir avanzando y aprendiendo sobre este obstáculo para el desarrollo de los procesos educativos ciudadanos de nuestro siglo.
Bibliografía
- - Gómez Ocaña Concepción & Matamala
Salcedo Rosa. (2002). La convivencia escolar como factor de calidad. Revista electrónica
interuniversitaria de formación del profesorado.
- - María José Caballero Grande. (2009).
Convivencia escolar. Un estudio sobre buenas prácticas. Revista paz y
conflictos, p. 154-169.
- - Giraldo Hoyos Aldemar. (2002). Violencia
colombiana versus violencia escolar. Revista electrónica interuniversitaria de
formación del profesorado, Vol.5.
- - José Manuel Camacho. (2009). Violencia
escolar: una alternativa desde un enfoque socioeducativo. En Violencia escolar (p.
165-185). Sevilla: Escuela abierta.

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