viernes, 22 de noviembre de 2019

Un acercamiento general a la violencia escolar para la reflexión del maestro

Un acercamiento general a la violencia escolar para la reflexión del maestro

La violencia escolar es un tema ampliamente trabajado por gran diversidad de especialistas de todas las áreas de las ciencias sociales y humanas, es por ello que la pretensión del presente artículo sea mostrar, de manera general, el tratamiento que se le ha dado a este tema desde diferentes autores para que se establezca una comprensión general que permita reflexionar más a fondo sobre esta problemática social que afecta el diario vivir de las escuelas.



Para comenzar es conveniente definir la violencia escolar como una acción dañina que se ejerce sobre el más vulnerable, esta acción puede ser de carácter físico o verbal. Es evidente que los estudiantes recurren a estas formas tóxicas de relacionarse porque no aceptan las diferencias del otro, lo cual debe tornarse preocupante para la escuela si la entendemos como el ámbito donde los ciudadanos del mañana van a interiorizar una cultura de sana convivencia.

Es, por tanto, un problema complejo el de la violencia en las escuelas, porque lleva implícito toda una serie de problemáticas sociales, culturales y políticas que son el reflejo de conflictos mal conducidos. Por ello, se hace indispensable conocer diversos puntos de vista que muestren un ángulo más amplio de este problema en las escuelas, bien lo menciona Enrique Chaux: “Un problema tan complejo como la violencia escolar requiere una mirada integral que abarque las perspectivas de los distintos actores involucrados” (Chaux, p.71).

En su investigación, Chaux hace un sondeo sobre la violencia escolar y el tratamiento que esta debería recibir desde diferentes perspectivas: la de los estudiantes, la de los profesores y la de la comunidad educativa. En el análisis a los primeros, muestra como en el bullying se presentan diferentes roles en los estudiantes: las víctimas directas, los intimidadores líderes, los asistentes del intimidador, los reforzadores, los defensores y los indiferentes.

Lo anterior demuestra que esta problemática implica a todos los integrantes del grupo escolar, no es una simple relación dicotómica entre abusado y abusador, es una práctica que se legitima grupalmente bien sea porque se fomente a través de la participación en el abuso o a través de la indiferencia. “Varios estudiantes entrevistados muestran que la violencia escolar no solamente involucra a unos pocos estudiantes agresivos, sino que implica una dinámica grupal” (p. 80). Por lo tanto, es de vital importancia conocer de manera más profunda las dinámicas grupales para comprender la violencia que se presenta en el ámbito educativo.

Consiguientemente Chaux analiza la perspectiva de los profesores, en la que se hizo evidente que generalmente estos ligan los problemas escolares a factores extrínsecos a la escuela, como la familia, el contexto, la cultura y el sistema educativo, lo cual revela cierta pérdida de credibilidad por parte de los mismos maestros hacia su labor, pues no ven una solución fructífera dentro del ámbito educativo por las inmensas responsabilidades que se le encomiendan a la escuela.

Aunque cabe mencionar que los problemas de las condiciones estructurales de una sociedad representan un gran reto para el maestro a la hora de afrontar múltiples tipos de problemas, entre estos el de la violencia escolar que se torna difícil en su tratamiento. “Si aterrizamos y nos centramos en el plano educativo, las confrontaciones que pudieran darse, no sólo serían atribuibles a elementos internos de la propia estructura educativa como el clima en las aulas, las interacciones entre el alumnado y las relaciones entre los docentes, la desvirtuación de las funciones educativas, etc., sino que los factores exógenos como argumenta Freire, juegan un papel determinante en el desarrollo del conflicto” (Camacho, p. 168).

Por ello resulta de vital importancia que los maestros se capaciten para mejorar su comprensión sobre los diversos tipos de agresión y sus dinámicas, a fin de identificar cada una de las fuerzas centrifugas que están motivando el acto de violencia, y así, tener mejores herramientas para afrontar adecuadamente este problema en el aula de clases. “Sin embargo, es poca la formación que reciben los profesores sobre cómo responder constructivamente ante este tipo de situaciones” (Chaux, p. 82).

En este sentido es sumamente significativo que los docentes tengan las suficientes herramientas teóricas, pedagógicas, didácticas y empíricas para guiar estos procesos de violencia escolar hacía un término formativo y positivo. Un maestro capaz de afrontar circunstancias de violencia definirá en gran medida el rumbo que estas situaciones tomarán. “Uno de los ejes vertebradores de la calidad del sistema educativo, lo constituye el profesorado” (Matamala & Cardona, p. 2). Por lo tanto se hace innegable que el rol de los profesores en la promoción de la convivencia es de sumo valor para superar la violencia en las escuelas.

Por lo que se refiere a la comunidad educativa en general hay que mencionar que el problema de la violencia requiere de un trabajo integral que incluya a familia, escuela, maestros, estudiantes y autoridades políticas para lograr solventarlo. Ya lo mencionan Ballester y Arnaiz: “La violencia escolar no es un problema «técnico» que admita soluciones simples, está sujeta a una construcción social, escolar y profesional. Abordar su prevención y su resolución depende del trabajo colegiado del profesorado, su formación, el apoyo social y de las autoridades políticas y educativas” (Ballester & Arnaiz, p. 56). Pues es evidente que estos por separados no pueden ejercer una transformación de raíz.

No se trata tampoco de que se establezca un modo autoritario para que los estudiantes acepten la violencia escolar como algo inadecuado, pues esto no resolvería un problema que requiere de reflexión y trascendencia en la conciencia para coexistir con las diferencias del que se considera diferente. “Por ello es importante tener en cuenta que “un control extremado en el aula ocasiona un clima de tensión y desconfianza que no favorece la interacción entre profesorado y alumnado” (Camacho, p. 170). 

El ambiente tenso en el aula de clases puede impedir que se desarrollen posibilidades a la adecuada solución de los conflictos, por ello es indispensable que los procesos de solución integren a los estudiantes de forma activa. Esto porque resulta evidente que “para que un grupo funcione bien debe estar cohesionado, sus miembros deben sentirse parte del mismo y orgullosos de pertenecer a él” (Caballero, p. 162). Por ello, los maestros más que promotores del autoritarismo sancionatorio de los actos de violencia escolar deben ser agentes difusores de valores prosociales.

En este aspecto resulta importante que el rendimiento académico de los estudiantes no se quede solo en los contenidos curriculares, sino que se tenga también como principal objetivo la formación de seres humanos que comprendan la diferencia. “No podemos reducir la calidad de la educación al logro de niveles de rendimiento académico, ya que estaríamos dejando de lado el conjunto de aprendizajes relacionados con el desarrollo personal, afectivo, social, estético y moral” (Matamala & Cardona, p. 2). Por ello el maestro ha de ser quien a través de los contenidos de su área pueda promover reflexiones que fomenten el compañerismo y la empatía entre los estudiantes.

Por esto resulta necesario que el profesorado refuercen conjuntamente aquellos valores, actitudes y saberes que hacen que los estudiantes actúen de forma positiva hacía el otro, al que es diferente, es decir, deben los maestros conocer que es lo que produce violencia, pero también deben conocer que es lo que produce buena convivencia. “Tenemos que reconocer que la violencia preocupa más a los investigadores que los hechos pacíficos, y aunque como nos señala el profesor Sánchez la violencia es llamativa y ponerla de manifiesto resulta fácil, necesitamos progresar en el conocimiento de las actuaciones que fomentan la cultura de paz, y ese conocimiento no se desprende necesariamente de los trabajos que se ocupan de acotar las dinámicas interpersonales violentas” (Camacho, p. 158).

Por otro lado, es evidente que el gran peso de culpabilidad de la violencia escolar cae sobre los hombros del sistema educativo, pues –como se mencionó anteriormente- existen factores extrínsecos al aula que dificultan la solución de los conflictos y problemas escolares, entre estos se halla el de la estructura educativa del estado que en ciertas ocasiones no proporciona las herramientas necesarias al maestro para desarrollar estrategias de solución. Es por esto que “el profesorado demanda más recursos humanos para una atención de calidad en grupos reducidos o para apoyos al alumnado con grandes desventajas socioculturales” (Caballero p.163).

Aunque cabe aclarar que el sistema educativo no es el único responsable de esto, se trata más bien de un complejo estructural que afecta cada uno de los ámbitos sociales, culturales, políticos y económicos. Bien lo mencionan Matamala y Cardona: “Cuando ante problemas de convivencia culpamos al sistema como tantas veces se oye, poco avanzamos en el camino de la solución. El Sistema educativo puede y debe ser revisado, siempre que sea necesario, pero recurrir constantemente a él para explicar la conflictividad manifiesta una falta de precisión” (p. 4). Por tanto no hay que caer en esa simple justificación para explicar un problema que tiene en sí todo un complejo socio-estructural que lo determina.

En el caso Colombiano la cuestión de la violencia escolar es un tanto “suave” si tenemos en cuenta la fuerte violencia que ha afrontado nuestro país a lo largo de su historia. “Gran sorpresa se llevará el lector; nuestros niños y niñas no son violentos en las escuelas si se les compara con sus coetáneos de países llamados desarrollados, bien podría afirmarlo metafóricamente: "en nuestro contexto convulsionado, las escuelas son oasis de paz"” (Hoyos, p. 2). Esto porque se muestra evidente que en algunos países desarrollados el problema del bullying se ha tornado ya importante por su gravedad, la cual se ha visto reflejada en asesinatos al interior de escuelas en países como Estados Unidos y Brasil.

A modo de conclusión hay que mencionar la importancia que representa para el buen desarrollo de la educación la buena formación de los maestros, estos han de adquirir herramientas que les permitan afrontar las realidades en el aula, para esto es vital que los docentes adquieran una buena armadura teórica y que las reformas educativas tengan en cuenta las demandas del profesorado en cuanto al problema de la violencia escolar. En este sentido, hay que mantener identificadas aquellas actitudes positivas que fomentan el desarrollo de actitudes empáticas en el entorno escolar para fortalecerlas, pues es común que los docentes se concentren solo en los aspectos negativos de esta problemática. En general, hay mucho por realizar para seguir avanzando y aprendiendo sobre este obstáculo para el desarrollo de los procesos educativos ciudadanos de nuestro siglo. 

Bibliografía

-  - Gómez Ocaña Concepción & Matamala Salcedo Rosa. (2002). La convivencia escolar como factor de calidad. Revista electrónica interuniversitaria de formación del profesorado.
-        -  María José Caballero Grande. (2009). Convivencia escolar. Un estudio sobre buenas prácticas. Revista paz y conflictos, p. 154-169.
-         - Giraldo Hoyos Aldemar. (2002). Violencia colombiana versus violencia escolar. Revista electrónica interuniversitaria de formación del profesorado, Vol.5.
-         -  José Manuel Camacho. (2009). Violencia escolar: una alternativa desde un enfoque socioeducativo. En Violencia escolar (p. 165-185). Sevilla: Escuela abierta.

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