Prosa a la Guerra:
Reina putrefacta que invades los corazones de los hombres, sumerges sus almas en remolinados y profundos ríos de sangre que circundan nuestro mundo, en ellas ahogas hasta al más poderoso, temible y sanguinario de los ejércitos. Cuando alejas a la muerte y haces vencedores a quienes sobre ti han rendido más tributo, abres las puertas de tu laberinto y haces enloquecer al hombre que inundado de poder no se percata de su encierro. Eres el origen y el final de lo conocido por nuestra civilización, en los aconteceres de la historia siempre presente estas como la mosca que circunda la carne en putrefacción. Das forma y sentido al absurdo que gobierna los imaginarios de los hombres, que enardecidos por una causa considerada justa, arremeten con la piedra, la lanza, la espada y el fusil a los ojos de otro ser que no es considerado como tal.
Quemas a los pueblos con el fuego de la ira, la cual surge de flamígeras bestias que alimentas con el ámbar del odio. Transformas las disparidades y las desigualdades que rigen las realidades humanas en sesgadas formas binarias que encierran a la igualdad y a la diferencia en las mazmorras de la ignorancia. Señalas con tu frívola mano el sendero de la muerte a quienes con sus delirantes razonamientos emprenden quiméricos viajes. Te disfrazas de dios para transportar a la muerte y al caos en carrosas celestiales, mientras el amor y la igualdad yacen inertes bajo un pozo de alquitrán hirviente.
Tus ministros gobiernan los países del mundo con el poder que tu progenitora, la muerte, concede a quien con sus ojos enturbiados alaba solemnemente la dicha infrahumana que causa la violencia. Llenas a los gobernados de energúmeno placer, los gritos de batalla son música a tu pérfido corazón, porque es allí donde se halla tu sombrío imperio. El mundo perfecto e idílico que presentas siempre a los ingenuos ojos, son entelequias, ilusiones, espejismos que insertas en los corazones humanos para llevar a cabo tus desdeñadas rutinas. Pero han de saber todas las naciones del mundo, que tú temes a los pueblos capaces de reconocer cada una de tus artimañas, cada una de tus mil caras y cada una de tus formas, porque son estos los que recuerdan tus inefables y catastróficas andanzas por el mundo. Eres cobarde ante los que aman sin odio y saben que las diferencias hacen parte de la inevitable existencia que nos ha correspondido en esta realidad que no siempre refleja en el espejo de nuestros deseos una imagen de satisfacción.
Rigoberto Alfonso Castañeda. Guadalajara de Buga 2015.

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